La luna llena y el inconsciente brillo.

Pili y John se desviaron por una bocacalle a la derecha, así que Paul y yo nos quedamos completamente solos. Comenzamos a caminar, Paul tomaba las direcciones y yo sólo le seguía. Miraba constantemente al suelo, porque la verguenza podía conmigo. Estaba tan nerviosa que las piernas me temblaban ligeramente. De repente le oí decir:

-Quiero enseñarte algo.

Al principio me quedé callada, porque aún seguía impresionada por su voz, estando tan cerca de mí. Pero al cabo de un rato le contesté:

-¿El qué?

Él produjo un sonido de “shhh” para callarme e incitar de nuevo al silencio, y yo le hice caso. No mediaba palabra en todo el camino, el miedo de que algo malo pudiera pasar volvía a acosarme y torturarme. Casi lloraba con mis pensamientos, hasta que me di cuenta de que bruscamente cambiamos de dirección. No sabía a dónde íbamos, porque por este lado de la ciudad jamás había estado, así que estaba muy confundida. De repente su mano tiró de la mía, frenando mis pasos. Nos quedamos en mitad de una calle, parados. Entonces metió su mano en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta y sacó un pañuelo blanco.

-Voy a vendarte los ojos si me lo permites, ¿me lo permites?

-Adelante.

Sonreí como nunca, todas esas ganas infinitas de llorar que tenía se desvanecieron con ese pañuelo blanco. Ahora no veía nada. Paul pasó su brazo por mi espalda, para guiarme mejor y así seguimos caminando un poco más. De repente tomó con delicadeza mi brazo y besó mi mano.

-¿Estás preparada?

-Supongo que tengo que estarlo.

Sonreí levemente mientras él desataba el nudo del pañuelo. Dejamos ambos que el pañuelo se deslizara hasta el suelo, nadie se agachó a recogerlo. Tan sólo a diez centímetros de mi, su rostro estaba ahí, tan cerca. Sus ojos y mis ojos se miraban fijamente. De nuevo nuestras pupilas clavadas en las del otro. Me costaba respirar teniéndolo tan cerca de mí. Entonces fue cuando sus labios profirieron unas palabras, suaves y delicadas, eran terciopelo al oído.

-Nuria, tú ya sabes que hay algo que quiero decirte.

-Sí, pero que si no…

Su dedo índice se posó en mis labios, haciéndome callar de nuevo.

-Necesito decirlo ya, porque sino no me atreveré.

Asentí ligeramente con la cabeza, pero mis ojos siguieron sin moverse.

-Nuria, ¿ves el sitio al que te he traído?

No me había parado a mirar, así que hice un gran esfuerzo, apartando la mirada y mirando a mi alrededor. Un banco de piedra solitario y en frente se podía ver el mar, grande y espléndido. En el reflejo de las aguas se veía el cielo. Con una gran luna llena y las estrellas ahí brillando. Entonces le miré, vi como la luna resonaba sobre su pelo, haciéndolo brillar increíblemente. Sus ojos brillantes también volvieron a mis pupilas. Le miré de nuevo, sin decir nada.

-Este sitio es el lugar que prefiero de todos aquí en liverpool, tan sólo quería llenarlo de más belleza trayéndote aquí. ¿Ves el mar? Precioso, inmenso…. Tu para mi eres el mar, quisiera ser el único pez que nadase por tus aguas. Quisiera poder verte todos los días y pensar que eres mi mar y yo soy tu pez.

Me sonrojé levemente, pero no aparté la mirada.

-Lo que quiero decirte, Nuria, es que…

Sonreí inconscientemente, mirándole fijamente.

-Nuria, estoy enamorado de ti.

Necesitaba apartar mis ojos de él entonces, así que me acerqué a él y le abracé. Cerré mis ojos, deseando que no fuera un sueño.

-Necesito saber si tú sientes lo mismo.

Me despegué de su cuerpo y le miré de nuevo.

-Paul, yo.. yo también estoy enamorada de ti, desde la primera vez que nuestras miradas se cruzaron.

-Supongo que es más fácil decir, Nuria, te amo.

Le sonreí y dije:

-Yo también te amo, Paul.

Decidimos entonces que era muy tarde ya, así que volvimos al hostal, él me acompañó, todo el rato de la mano. Seguimos sin hablar, pero de vez en cuando sonreíamos, el uno al otro. Nos despedimos con un gran abrazo.

-Te quiero.

Susurró a mi oído entonces. Hice lo mismo y subí corriendo a la habitación. No podía estar pasando aquello.

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